Entre butacas

Soy pequeña. Mido un metro con cincuenta y seis centímetros, y peso cincuenta kilos. Ello tiene sus ventajas, cómo encajar en cualquier espacio, comer poquito, por lo que sale económica la cesta de la compra o, cuando me interesa, puedo pasar desapercibida. Sin embargo, también conlleva dificultades. 

    El otro día fui a un concierto para escuchar, fijaos que digo escuchar que no ver, a una pianista japonesa que me gusta muchísimo. Tengo asumido que hay una elevada probabilidad de que se sienta delante mío alguien alto y me impida ver al artista. Ya no me importa, cierro los ojos y me dejo llevar por los acordes.

    Bien, pues ese día, además, se acomodó a mi lado un joven. No es que fuera robusto, no obstante, era de esos que necesita demostrar que tiene un par de huevos al abrir las piernas de manera exagerada sin necesidad. Tal vez estéis pensando que el pobre no tenía suficiente espacio entre butacas. Lo tenía, creedme. 

    Respiré hondo e intenté que no me importara, de hecho mis piernas todavía podían moverse con holgura.

    Ya en la primera pieza de la virtuosa pianista mi vecino hizo pequeñas razias en el espacio limitado por mi butaca y rozó mi brazo desnudo con la manga corta de su horrible camisa a rayas.

    Tal fricción no me dejaba concentrarme en la música, que es a lo que había venido. Y, muy a mí pesar, empecé a incomodarme. 

    El hombre aplaudía con fuerza con sus manazas cerca de mi oreja izquierda. Al hacerlo llegaba el olor característico de la ropa que ha estado al fondo de un armario durante mucho tiempo.

    De pronto, se acomodó en su butaca colocando sus brazos apoyados en los reposabrazos con el codo dentro de mi espacio. Me enojé ¿Qué se había creído? 

    Reprimí gritar, pero algo tenía que hacer, así que coloqué mi brazo y codo entre el suyo y el respaldo de su butaca a pesar del repelús. Nada, no se movía. Pues yo tampoco.  

     Al rato, empezó a oler a sudor, le molestaba mí presencia, pensé ¡Bien, que sepa lo qué es! No obstante, no se movió. 

    El ardor de la ira fue subiendo por mi cuerpo hasta llegar a mis mejillas transformando mi brazo en un mazo que clavé  en su costado con fuerza. 

    Con el mentón desafiante me volví hacia él para gozar de su reacción, él me miró desencajado. Entonces, fue cuando advertí sus ojos rasgados y su frente baja. Era la mente de un niño atrapado dentro de un cuerpo de hombre.

    —Disculpa—me apresuré a decir con una sonrisa vacilante y me coloqué, encajada, en el espacio de mi butaca. Él cruzó los brazos y me devolvió la sonrisa.

    Al salir, le compré un CD a mi pianista favorita.


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Comentarios

Una respuesta a «Entre butacas»

  1. Avatar de Montse Martínez
    Montse Martínez

    Un relat molt creible.

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