Obligada a sobrevivir sin mi consentimiento

Mi larga vida está compuesta por una lista de acontecimientos entrelazados que me han llevado a sobrevivir sin yo quererlo.

    Sobreviví a mi madre que murió desangrada mientras me otorgaba la vida un gélido día de enero de 1506. 

    Sobreviví a las palizas de mi padre por haber matado a su mujer y al pánico de sus visitas nocturnas a mi habitación, ya que según él era mi obligación ofrecerle lo que le había quitado. 

    El día que cumplí doce años lo degollé con el cuchillo de destripar cerdos. Me rasuré y vestí como un chico y me fui de esa triste casa. 

    Sobreviví a un largo viaje sin destino siguiendo las rutas comerciales. Mi aspecto desaliñado me protegió de los ladrones y mi semblante aniñado lo hizo con la agresividad de los hombres. En cambio, encendí la pulsión protectora de María, una monja carmelita que me llevó con ella al convento cuando le revelé mi secreto.

    María y yo iniciamos una relación íntima repleta de una ternura que no sabía que pudiera existir.

    En el convento aprendí a leer. Descubrí los sorprendentes mundos que se esconden en los libros. Otras gentes, otros paisajes, otras vidas, y quise vivirlas. Sin embargo, María me encerró en mi celda. Sólo se me permitía salir para comer y acompañada. 

    En la cocina encontré un libro sobre las cualidades de las plantas y las flores. En él descubrí el poder de la semilla de cicuta y me las arreglé para envenenar a María. Sobreviví al convento y al amor.

    Volví a vestir como un chico y me lancé a los caminos. Tuve que apuñalar a un hombretón que quiso poseer con violencia al muchacho que creía que era. Me tropecé con el señor del feudo de la región, llamado Conde Román, que se me llevó como mozo de cuadra. 

    Un verano, mientras cepillaba uno de los caballos de pura raza española del conde, me aflojé las ligaduras que escondían mis pechos. Román me vió y me obligó a vestirme como exigía el decoro y me trasladó a trabajar en la casa grande donde iniciamos una apasionada relación.

    Leí todos los libros de la biblioteca de palacio. Economía, teología, leyes, geografía, mapas, plantas, animales, medicina, música, filosofía, ética. Mi apetito de conocimiento no tenía freno. No obstante, me descubrí a mí misma como homicida.

    Aprendí a hablar correctamente, a vestirme, como comportarme en los eventos, me convertí en una mujer refinada y culta. Me casé con Román y a los pocos años murió de un cólico. No tuve nada qué ver, lo amaba. Sobreviví a la tristeza y pasé a gestionar su patrimonio. Construí escuelas y hospitales.

    Hice fabricar una imprenta en uno de los edificios de palacio. Los libros se repartían gratis entre mis súbditos con la condición de que supieran leer y se comprometieran a enseñar a las hijas e hijos de los vecinos que lo desearan.

    Sobreviví al horror de saberme una asesina. Lloré por las vidas arrebatadas, por muy mezquinas que hubieran podido ser. 

    Y aquí estoy, entre almohadones mullidos perfumados con jazmín, a mis setenta y ocho años y con un libro en la mano. Deseando morir, pero obligada a sobrevivir sin mi consentimiento. 

Relato para @divagacionistas sobre #relatosSobrevivir


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Comentarios

2 respuestas a «Obligada a sobrevivir sin mi consentimiento»

  1. Avatar de Lola

    Qué buena historia Cristina, a las mujeres muchas veces nos ha tocado sobrevivir a toda costa. Me ha encantado!!😘

    1. Avatar de Cristina Sopena
      Cristina Sopena

      Me alegra que te haya gustado. Las mujeres somos supervivientes. 😘

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