
El viento zarandeaba los imponentes árboles sin esfuerzo. Las ramas de los arbustos se enredaban como látigos en mi refajo haciéndome tropezar de vez en cuando.
Ahora en la profundidad de la arboleda empezaba a pensar que no había sido una buena idea salir a media tarde. Tenía que darme prisa. Había tomado la decisión con la certeza de que era lo que tenía que hacer. “Sigue caminando Oliva Sabuco, no te detengas”
Cuando le pedí al marido de la fiel Francisca, que me llevara a la taberna donde se suponía sabían de su paradero, palideció al tiempo que se santiguaba.
—¿Está usted segura señorita Oliva? Es muy peligroso, ya sabe.
No fue fácil que nos dijeran como encontrarla. Mi atuendo, aunque me había vestido con la ropa mas gastada que encontré, delataba mi posición, y tuve que esperar fuera durante los pocos días que duró la negociación.
Luego me llevó hasta la entrada de la espesura.
—Entre usted en el bosque, señorita Oliva. Ella vendrá a por usted.
Me aseguró que no corría peligro. Él y Francesca lo habían mantenido en secreto. La mujer del bosque había accedido a recibirme por ser discípula, además de sobrina, del doctor Heredia, y por ser mujer.
Seguí adentrándome en la espesura. Las tupidas copas de los árboles se anudaban impidiendo llegar hasta el sotobosque a los ya tenues rayos de luz.
Únicamente se oía el crujir de tallos secos y de cáscaras de insectos bajo mis pies, el zumbido de pequeños bichos y el siseo de invertebrados. “Sigue…, sigue andando”
El territorio en el que me adentraba cerca del río olía a humedad y a hojas pudriéndose, me recordó la habitación insalubre en la que yacía Constanza con su delicada piel cubierta de sanguijuelas absorbiendo bilis negra.
Me di la vuelta al oír un crujido tras de mí. Solo llegué a ver una sombra desvanecerse.
Se decían tantas cosas de esas mujeres… que volaban, que fornicaban con el diablo o que podían doblar la voluntad del más sabio a su capricho. Ideas absurdas, pero que de tanto oírlas algo siempre acaba por parecer cierto.
—¿Eres Oliva de Sabuco? —dijo una voz sólida desde la espesura.
En aquel momento sólo se podía oír mi corazón. Le confirmé que efectivamente ese era mi nombre. La mujer salió de entre la maleza.
Iba toda de negro. Debía de pasar mucho frío porque llevaba muchas capas de refajos. Guantes de lana negro sin dedos y un curioso sombrero que le cubría parte de su espesa melena, recogida en una trenza. Una mujer alta y de piel tostada, pensé que vendría de muy al sur.
Me pidió que la siguiera hasta un claro donde una pequeña chimenea sobresalía humeante de una menuda choza hecha de troncos.
Al entrar me sorprendió la agradable mezcolanza de aromas florales. Toda la estancia estaba cubierta de ramilletes de plantas, botes etiquetados, cazuelas y herramientas para preparar pócimas. Se sentó en un taburete y me ofreció otro con un gesto a su lado, frente a un fuego vivificador.
—Tengo entendido que los campesinos que no pueden pagarse un médico acuden a ti porque conoces bien nuestros bosques y las propiedades de las plantas que hay en ellos. Te llaman, con respeto, la sanadora —dije, mientras calentaba mis manos en la pequeña hoguera rehuyendo su mirada—, y me preguntaba si podrías ayudarme.
Levanté la mirada hacia sus oscuros y grandes ojos. Sonreía. “¿Se ríe de mí?” pensé. Y como si pudiera oír mis pensamientos.
—No sé si eres una mujer valiente o inconsciente —dijo sin dejar de sonreír mientras se libraba del sombrero y del jersey—. ¿No te asustan los esbirros de la Inquisición?
—Si, mucho —contesté devolviendo la sonrisa—, pero era necesario.
—Dime en que puedo ayudarte.
Le conté qué mi amiga Constanza estaba enferma desde la muerte de sus padres y llevaba muchos días poseída por la calentura. Mi tío había prescrito sangrías para reducir la bilis negra culpable de la melancolía. La había encerrado en su alcoba prohibiendo las visitas, ventilar o limpiar. Le transmití la preocupación por el hecho de que no estaba mejorando.
—Respeto a su tío por su extenso conocimiento de botánica, pero como médico obedece los preceptos hipocráticos de Galeno —expuso con deferencia —, sin embargo, la medicina, lleva sin cuestionarse a Galeno y sus métodos demasiado tiempo. He comprobado que muchos de ellos no funcionan. No sanan. Y a veces, como en el caso de su amiga, perjudican.
《Su melancolía no es debida a un exceso de bilis negra, como prescribía el maestro Galeno, sino de tristeza. Hay que sanar su mente para que su cuerpo recupere la vitalidad》
Conversamos acerca de plantas, de remedios, de pócimas y de males que atacan al alma. Me sorprendió que estuviéramos de acuerdo en que las emociones no residían en el corazón sino en el cerebro.
Las dos habíamos observado a varios afectados por la melancolía y habíamos llegado a la conclusión de que hay dolencias del alma que afectan al cuerpo. Pasamos la noche entera hablando. Le compré plantas y brebajes. Y le dije que volvería otro día si ella me lo permitía.
Una vez de vuelta a casa me fui directa a la habitación de Constanza. Abrí las ventanas de par en par. Ordené a Francisca que no volviera a colocarle las sanguijuelas; que hiciera limpiar la habitación, sacara las cortinas de invierno y las alfombras, ventilara la habitación quince minutos al día; que la alimentara correctamente con sopa de verdura y carne, y cuando se pudiera incorporar, le diera de comer más consistente; que localizara un laudista para deleitar a la enferma un rato por las tardes. Por último, nos turnaríamos para no dejarla sola en ningún momento.
Transcurridas unas semanas Constanza mejoró considerablemente. Le había ido dando de beber un preparado cuya fórmula me había proporcionado la mujer del bosque.
A la sanadora la vi por última vez en el mercado de los jueves, a la semana de nuestro encuentro. La llevaban presa. Le habían arrancado el gorro, cortado la trenza y desgarrado la blusa dejando un pecho al aire. Los mercenarios la llevaban atada por las manos y el cuello con un lazo corredizo. Tiraban de ella como de un perro y la humillaban escupiendo en su cara y llamándole bruja.
Reaccioné instintivamente con intención de dirigirme a sus esbirros y parar esa locura. Ella me lanzó una profunda mirada y negó con la cabeza, sutil, pero enérgicamente. Me quedé paralizada y esperé con el corazón agitado hasta que la perdí de vista.
Me adentré siempre que pude en el bosque para intentar encontrar la cabaña de madera, pero sin éxito. A mi petición, el marido de Francesca intentó averiguar dónde la tenían retenida por sí mi tío podía ayudarla. Pregunté muchas veces por ella en mercados y ferias, pero nunca nadie me reconoció haberla conocido, ni tan siquiera que hubiera existido.
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Oliva Sabuco, nacida en 1562 en Alcaraz, Albacete, escribió un libro que tituló “Nueva filosofía de la naturaleza del hombre, no conocida por los grandes filósofos antiguos”. Para esquivar a la Santa Inquisición y evitar la quema del libro se le ocurrió enviarlo directamente a El Escorial, residencia del rey Felipe II, junto una carta dedicada al mismo rey con estas palabras:
«La humilde sierva y vasalla, hincadas las rodillas en ausencia, pues no puede en presencia, osa hablar. Diome esta osadía y atrevimiento aquella antigua ley de alta caballería, a la cual los grandes señores y caballeros de alta prosapia se quisieron atar y obligar, que fue favorecer siempre a las mujeres en sus aventuras.»
El libro se editó en 1587 cuando Oliva tenía veinticinco años. La obra tiene siete partes. Cinco coloquios entre varios pastores y un médico y dos añadidos escritos en latín, como síntesis de los anteriores.
En el libro expone críticas explícitas a Aristóteles, Galeno e Hipócrates como representantes del conocimiento tradicional. Para Oliva todo saber había de fundamentarse en la experimentación no en la autoridad de quien presenta una teoría. También apunta la existencia de lo que hoy llamaríamos enfermedades psicosomáticas. Para Oliva la relación alma y cuerpo determinaba la salud de ambos. Menciona la música como poder de higienización.
Habla de filosofía, de política, con propuestas tan avanzadas como defender que las personas no han de tener un estatus por nacimiento, sino que esas son posiciones que deben ganarse con el comportamiento a lo largo de la vida.
En el quinto coloquio se atreve a rechazar toda la medicina existente por estar sustentada en falacias de autoridad. Basada en creencias y supercherías y no en hechos contrastados. A su modo de ver la mejor manera de combatir una enfermedad es llevar una vida saludable, evitar comer en demasía, realizar ejercicio y vivir en un ambiente agradable.
Pero, tal vez, de sus ideas revolucionarias, la más atrevida fuera que tanto hombres y mujeres eran iguales, y que el funcionamiento del cerebro era el mismo para los dos géneros. Por tanto, Oliva rechazaba de plano que la mujer tuviera que estar sometida al hombre.
Oliva supo ver que casi todo el conocimiento atesorado hasta entonces solo eran creencias. Entendió que para acercarse a la verdad había que contrastar ideas, experimentar, demostrar empíricamente y, sobre todo, explicar cómo se sabía lo que se sabía.
Si deseamos encontrar en la Biblioteca Nacional su libro Nueva filosofía lo tendremos que buscar a nombre de su padre Miguel Sabuco. Este es un tema controvertido ya que se encontró un documento, uno solo, en el que el padre se declaraba autor. Se dispone de un solo documento privado, frente a las muchas evidencias históricas que avalan la autoría de Oliva. Se supone que el padre, una vez tuvo éxito el libro de Oliva, quiso adueñarse de la autoría. De hecho, Miguel de Sabuco mantenía, con más de uno de sus ocho hijos, varios pleitos económicos.
Oliva fue borrada de la historia por una simple prueba documental frente a decenas de pruebas históricas
Con este relato participo como #polivulgador en la iniciativa de @hypatiacafe para el tema #PVrebeldía


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