
Plainfield estaba lejos de todo. No era solo una distancia física, sino también una forma de estar en el mundo. Donella lo supo en cuanto pisó aquel terreno irregular, rodeado de árboles que no pedían nada y respondían a las estaciones como quien respira sin darse cuenta. Allí decidió quedarse. Allí plantó su vida como si fuese una semilla más.
La gente que la conocía en las conferencias, donde hablaba de modelos, límites y retroalimentación con voz clara y firme, no siempre imaginaba a esa otra Donella. La que se levantaba con el sol para cuidar el huerto, la que ordenaba leña con las manos frías, la que cocinaba pan mientras hablaba de entropía. La que no se preocupaba por la fama, sino por los gusanos de la compostera.
La granja era su laboratorio vivo. Un lugar donde las ideas no se escribían, se sembraban. Había quien llegaba buscando respuestas y salía con preguntas nuevas. Eso le gustaba. Decía que un sistema vivo es aquel que sigue aprendiendo.
En los inviernos largos de New Hampshire, cuando todo parecía dormido bajo la nieve, Donella escribía junto a la estufa de leña. Su perro dormía a sus pies. A veces miraba por la ventana durante largo rato, sin moverse, como si leyera lo que el bosque le decía sin palabras. En esas pausas estaba el corazón de su pensamiento.
Vivía con su compañero, Dennis, en una rutina compartida que no necesitaba ruido. Él entendía su silencio. Habían escrito juntos Los límites del crecimiento, pero lo que más los unía no eran los libros, sino la convicción tranquila de que el mundo podía cambiar si se aprendía a mirarlo de otra manera.
Nunca les hizo falta mucho. Medían su vida en impacto, no en posesiones. La electricidad venía del sol, el agua se cuidaba como si fuera un animal pequeño, y los viajes se reducían a lo esencial. No como sacrificio, sino como elección.
“Soy escritora y granjera”, decía Donella, con una sonrisa que no pedía explicación. Y eso era cierto. Pero también era otra cosa más difícil de decir: alguien que había elegido la coherencia como forma de vida. No predicaba, mostraba.
Cuando murió, algunos la recordaron por sus modelos matemáticos. Pero quienes caminaron con ella por los senderos de Plainfield, la recordaron por su ternura lúcida, por cómo sabía cuándo hablar y cuándo callar, y por ese extraño don de hacerte sentir parte de algo más grande, sin que te dieras cuenta.
La granja sigue allí. Como una frase sin punto final. Como un sistema que, aunque pierda una pieza, sabe cómo seguir viviendo.
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¿Qué es eso de la resistencia de un sistema?
En su libro «Pensando en sistemas», Donella Meadows nos enseña algo muy poderoso: que el mundo no es una colección de cosas sueltas, sino un conjunto de sistemas interconectados. Y uno de los conceptos clave que menciona es la resistencia de un sistema. ¿Qué significa eso? Que muchos sistemas tienden a mantenerse como están, incluso cuando algo externo intenta cambiarlos. Es como si tuvieran una especie de “memoria de forma” que los empuja a recuperar su equilibrio inicial.
Ejemplo claro: imagina un bosque. Si llega una tormenta fuerte y tira unos cuantos árboles, no todo el ecosistema colapsa. Al contrario, el resto de los árboles siguen en pie, la luz llega al suelo y nuevas especies empiezan a crecer. El sistema «resiste» ese cambio. Se tambalea, pero no se rompe.
Este tipo de resistencia no es casual: viene de la manera en que las partes del sistema están conectadas entre sí. Esa red de relaciones internas (raíces, ciclos de nutrientes, animales que ayudan a dispersar semillas) es lo que lo mantiene firme.
¿Resiliencia y resistencia son lo mismo?
No, pero se parecen.
La resistencia es la capacidad de soportar un golpe sin cambiar demasiado.
La resiliencia, en cambio, es la capacidad de adaptarse al cambio y recuperarse.
Sigamos con el bosque: si después de un incendio aparece una nueva mezcla de especies, adaptadas al calor y al suelo quemado, el sistema ha cambiado, pero sigue funcionando. Eso es resiliencia: cambiar para seguir vivo.
La diferencia es sutil, pero importante. Un sistema puede ser muy resistente pero poco resiliente. Por ejemplo, una represa puede resistir muchas lluvias fuertes, pero si un día se rompe, lo hace de golpe y sin remedio. En cambio, un humedal puede inundarse y desbordarse, pero recuperarse poco a poco sin desaparecer.
¿Por qué deberías preocuparte por todo esto?
Porque tú vives dentro de sistemas todo el tiempo: tu cuerpo, tu familia, tu grupo de amigos, tu escuela, tu ciudad, el planeta. Y cuanto más complejos son estos sistemas, más importante es entenderlos.
Si no pensamos en términos de sistemas, cometemos errores. Intentamos arreglar los síntomas y no las causas. Por ejemplo, si solo damos medicinas para bajar la fiebre sin entender qué la provoca, no estamos resolviendo el problema real. Lo mismo ocurre con el cambio climático, las crisis económicas o los conflictos sociales. Todo está relacionado.
La complejidad de un sistema hace que no podamos predecir fácilmente cómo va a reaccionar. Un pequeño cambio en una parte puede provocar una gran reacción en otra. Por eso, Donella Meadows insiste: hay que mirar el sistema completo, no solo las partes.
Una metáfora para el final 😉
Un sistema resistente es como una tabla de surf que aguanta las olas sin partirse.
Un sistema resiliente es como el surfista que se cae, se adapta, aprende y sigue surfeando.
Y tú, que vives rodeado de olas, necesitas entender cómo surfea el mundo.

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