
Inés había hecho merluza al horno con la receta de su madre. La casa olía a infancia. Aunque esa tarde todo parecía chirriar.
Los dos comieron en silencio los primeros minutos. Las paredes de la cocina, recién pintadas de blanco, parecían observar, como si supieran que algo iba a romperse.
—Entonces, ¿ahora ser sensato es ser facha? —dijo Ignacio, sin levantar la vista del plato.
Inés dejó el tenedor. Llevaba una semana en casa. Venía de Berlín, de un máster sobre estudios de género. A veces le costaba volver a ese idioma sin matices, brusco, que hablaba su hermano.
—Depende de qué entiendas por “sensato” —respondió.
—Pues eso, tener sentido común. No andar con los pronombres, los micromachismos, ni esas tonterías que os inventáis para sentiros especiales.
Inés hizo un gesto, como para cambiar de tema, pero sin éxito.
—No son tonterías. Son cosas que vivimos todos los días. Invisibles, pero reales —dijo, más cansada que enfadada.
—Vosotras vivís en una burbuja. Pero aquí fuera, en la vida real, la gente tiene problemas de verdad. No esas chorradas de sentirse “discriminadas” o lo que sea.
Inés apretó los labios. Había aprendido a no discutir, a escoger sus batallas. Pero en casa, con él, todo se agrietaba.
—Lo real no es lo que te resulta cómodo, Ignacio. Hay más mundo que el que ves desde tu sofá viendo El Chiringuito.
Ignacio soltó una carcajada seca.
—Mírate. Vienes con tu moral importada y pretendes darnos lecciones a todos. ¿Sabes lo que eres? Una hipócrita. A ti te da igual todo, mientras puedas sentirte superior.
Inés se puso de pie con la mano aún en torno al cuchillo del pescado.
—¿Sabes qué, Ignacio? Tienes razón. Pero no soy superior. Solo intento no parecerme a ti.
Las palabras quedaron flotando como migas que nadie quería recoger.
Ella fue a por el flan.
No hubo portazo. No hubo gritos. Solo una silla que se arrastró, el sonido de unos pasos que se alejaban por el pasillo y el golpe de la puerta al cerrar.
Desde entonces, por Navidad, la madre parte el turrón en dos mitades cada diciembre. Como si aún creyera que, algún día, podrían volver a estar en la misma mesa sin cortarse.
Esta entrada participa en la iniciativa de @divagacionistas con el tema #relatosConficto

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