El reloj no estaba en la pared.

Un hámster blanco corre en una rueda en un escritorio iluminado, rodeado de lámparas y relojes antiguos en una habitación oscura.

En el laboratorio no había ventanas. No había amanecer. No había noche. Solo el sonido blando de las ruedas girando, y los hámsters corriendo aunque nadie los mirara.

Patricia los observaba a veces con algo parecido a la ternura. Intentaba no sentir afecto, pero ¿cómo no querer a esas criaturas diminutas que seguían viviendo su propio tiempo en medio de la oscuridad total? Giraban. Dormían. Giraban de nuevo. Como si supieran algo que ella todavía estaba aprendiendo a preguntar.

Sobre la mesa, una aguja trazaba círculos en papel milimetrado. Cada vuelta era una jornada. Cada pequeño desplazamiento, una traición silenciosa al reloj de la pared.

Al principio, Patricia había creído lo que creemos todos: que el tiempo es una obediencia. Que la luz ordena el movimiento, y la oscuridad ordena el reposo. Que sin sol no hay hora. Que el cuerpo, como un niño dócil, espera instrucciones.

Pero cuando apagaron el mundo exterior, cuando suprimieron el amanecer, la tarde, el crepúsculo, los animales siguieron marcando la hora. No exactamente veinticuatro. Un poco más. Un poco menos. Un tiempo propio, testarudo como un acento de otra lengua, que no desaparece aunque uno lleve años viviendo lejos.

Fue entonces cuando comprendió que el reloj no estaba colgado en ninguna pared. Estaba dentro.

Pensó en los relojes mecánicos que su abuelo coleccionaba, esos artefactos de madera oscura y vidrio biselado que llenaban de tic-tacs su casa de niña. Por dentro eran mundos diminutos: engranajes que empujaban a otros engranajes, ruedas que cedían paso a otras ruedas, todo girando en la penumbra de la caja sin que nadie los vigilara, sin que nadie les preguntara qué hora era afuera. No necesitaban al mundo. Solo latían. Y empezó a sospechar que el cuerpo era igual.

Que cada célula llevaba una rueda dentada invisible. Que en el centro del cerebro había un péndulo hecho de química y paciencia. Que el organismo no reaccionaba al día —lo anticipaba. Que ya antes del amanecer, algo en la sangre empezaba a prepararse, como una cocinera que enciende el fuego mucho antes de que lleguen los invitados. Y si ese reloj podía ajustarse con la luz, también podía romperse.

En uno de sus experimentos, Patricia lesionó una región minúscula del cerebro de los animales, un núcleo pequeño como una semilla, escondido en el hipotálamo. El papel dejó de dibujar círculos. Se volvió errático, sin compás, sin retorno: el trazo de un reloj al que le han arrancado el escape. Los animales ya no sabían cuándo era de noche. Ya no sabían cuándo era hora de correr o de quietarse. Vivían en una especie de eternidad sin forma, a la deriva de sí mismos.

No era el sol quien dictaba la vida. Era un mecanismo íntimo, antiquísimo, que simplemente conversaba con él.

Patricia apartaba los ojos del papel a veces y pensaba en la ciudad que existía al otro lado de las paredes del laboratorio. La gente creyendo que el tiempo se medía en campanadas, en alarmas, en reuniones marcadas con colores en el calendario. Forzando el amanecer con despertadores. Alargando la noche con pantallas que imitaban el sol. Y luego preguntándose, con genuina perplejidad, por qué les dolía el cuerpo. Por qué no podían dormir. Por qué amanecían ya cansados.

Ella, en cambio, había aprendido otra cosa. Había aprendido a escuchar.

Porque el ritmo interno no es una costumbre ni una convención ni una respuesta aprendida. Es un pacto antiguo, más antiguo que el lenguaje, más antiguo que la memoria, entre la oscuridad y la sangre. Un acuerdo sellado hace millones de años, cuando la vida era solo química flotando en mares tibios, y ya entonces algo en esa química respondía al sol.

En el papel milimetrado, la aguja seguía trazando su arco. Los hámsters seguían girando. Y Patricia escuchaba el tic-tac que no tiene sonido: hecho de proteínas que se activan y se inhiben, de genes que se encienden y se apagan como dientes de un engranaje. Un reloj que no marca horas sino posibilidades. Un reloj que no pregunta qué hora es: simplemente, sabe.

Somos relojes, pensaba, que se empeñan en ignorar su propia maquinaria. Y eso, más que cualquier otra cosa que hubiera descubierto en el laboratorio, le parecía la forma más extraña y más humana de estar vivos.


Anciana sonriendo con blusa de flores en un fondo difuso.

Patricia DeCoursey y el misterio del tiempo biológico

Nació el 28 de diciembre de 1932, en una época en que nadie imaginaba todavía que el tiempo vivía dentro de los seres vivos. Creció mirando pájaros. De adolescente, en Nueva York, decidió hacer un censo de todas las aves canoras de un bosque de Long Island: iba en bicicleta hasta el lugar, los fines de semana, y trazaba mapas de sus cantos. Ese rigor temprano, esa paciencia para escuchar lo que otros no oyen, sería la constante de toda su vida.

Estudió zoología en Cornell, se doctoró en la Universidad de Wisconsin con especialización en bioquímica, y completó su formación como investigadora posdoctoral junto a Jürgen Aschoff en el Instituto Max Planck de Fisiología del Comportamiento, en Alemania. Eran los años sesenta, y la cronobiología era apenas un susurro en los márgenes de la ciencia seria. Pero ella sabía que estaba en el lugar correcto.

En 1960 publicó la primera Curva de Respuesta de FasePhase Response Curve—, una herramienta que permitía medir con precisión cómo un organismo ajusta su reloj interno en respuesta a un estímulo externo. Era, en esencia, el mapa de cómo la luz negocia con la biología. Una ecuación entre el mundo y la sangre.

También fue la primera científica en demostrar que los relojes circadianos de los mamíferos pueden reiniciarse mediante pulsos de luz, y que el sistema fotorreceptor responsable de ese ajuste es distinto del sistema visual que usamos para ver. Dos ojos, dos funciones. Uno para mirar el mundo; otro para saber qué hora es.

Sus experimentos más audaces llegaron décadas más tarde. Entre 1997 y 1998, liberó ardillas de tierra en recintos naturales: algunas con el núcleo supraquiasmático intacto, otras con lesiones quirúrgicas en esa región diminuta del cerebro. El resultado fue elocuente: la mayoría de los animales sin reloj biológico murieron a manos de depredadores. No porque fueran más lentos ni más débiles. Sino porque no sabían qué hora era. Porque sin ritmo interno, el mundo se vuelve una trampa continua.

Su currículum recoge más de 110 publicaciones científicas y tres libros sobre comportamiento animal y cronobiología. Entre ellos, el manual Chronobiology: Biological Timekeeping, que se convirtió en referencia esencial para estudiantes de todo el mundo.

En sus últimos años, Patricia DeCoursey dirigió la restauración del Arboreto Belser de la Universidad de Carolina del Sur: diez acres de bosque urbano invadido por especies exóticas que ella devolvió, pacientemente, a su estado original, convirtiéndolo en un laboratorio al aire libre para estudiantes. Como si después de toda una vida estudiando los relojes del interior, quisiera también cuidar el tiempo de los árboles.

Murió el 1 de enero de 2022, en Columbia, Carolina del Sur, a los ochenta y nueve años. En el umbral exacto del año nuevo. Como si incluso al final, su cuerpo supiera la hora.

Con este relato participo como #polivulgador en la iniciativa de @hypatiacafe para el tema #PVritmos


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Comentarios

Una respuesta a «El reloj no estaba en la pared.»

  1. […] El reloj no estaba en la pared (microrrelato), de Cristina Sopena […]

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